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lunes, 10 de marzo de 2014

El Caballero Verde

Svend Grundtvig, 1824-1883.
The Green Knight es un cuento tradicional danés recopilado por Svend Grundtvig en Danish Fairy Tales (Danske Folkeæventyr, 1876–83), y traducido al inglés en 1912 por J. Grant Cramer (texto del que se ha traducido el texto que aquí comparto). Lo han traducido también Evald Tang Kristensen (Eventyr Fra Jylland, 1881) y Andrew Lang a partir de esta última versión en The Olive Fairy Book (1907). Esta historia combina varios elementos que se pueden reconocer fácilmente, como son los rasgos de Cenicienta (ATU, type 510A, motivo de la «heroína perseguida»), los rasgos del «el amante pájaro» (type 425N, propio de Dinamarca), y el «príncipe convertido en pájaro» (type 432, de tradición rusa, francesa y mexicana), tan llamativos que hay que destacarlos. Lo más singular, sin duda, es la consideración de este cuento de hadas como la Cenicienta danesa. Es un relato extenso y complicado en sus partes, ya que el conflicto parece no llegar hasta casi el final del relato. En cualquier caso es un cuento precioso, como tantos otros, y que os recomiendo leer con ojos de niño.



Relacionado con el motivo 510 y 425 de ATU:
La Bella y la Bestia, versión de Jeanne-Marie LePrince de Beaumont (1740)
Cenicienta, versión de los hermanos Grimm (1812)
Al este del sol y al oeste de la luna, recopilado por P.C. Abjørnsen y J. Moe (1841)
El toro negro de Norroway, recopilado por Andrew Lang (1889)


Érase una vez un rey y una reina que tan solo tenían una hija pequeña, y cuando ella era todavía muy joven su madre se puso gravemente enferma. Cuando la reina subo que le quedaba poco tiempo de vida, llamó al rey y le dijo:

—Mi querido señor y marido, dado que yo puedo morir en paz debes prometerme una cosa, y esta es que nunca le negarás a nuestra hija nada que ella pida de ti, si es que te es posible concederle su deseo.

El rey se lo prometió, y ella murió poco después.

El corazón del rey estuvo cerca de romperse por el amor que le profesaba a su mujer, pero su pequeña hija pudo reconfortarle. La princesa creció, y el cumplimiento de la promesa fue en efecto sencillo para el rey; él nunca le negó nada. Eso la mimó un poco, pero por otra parte era cariñosa, una buena chica que solo necesitaba una madre para entenderla y amarla; pues la falta de eso a menudo la sumía en la melancolía. La princesa no se preocupó por los juegos y las diversiones como cualquier otro niño, en su lugar quería estar sola en los jardines y los bosques, y sobre todo le encantaban las flores y los pájaros, y demás animales, y también amaba leer poesía y cuentos.

No muy lejos de ese lugar, vivía la viuda de un conde, que tenía una hija un poco mayor que la princesa. La joven condesa, sin embargo, no era una buena chica, pues era vanidosa, egoísta y de duro corazón; por otro lado era inteligente, como su madre, y podía disimular cuando pensaba que algo podía servir en su beneficio. La condesa había ideado de forma brillante maneras de tal modo que su hija a menudo jugaba con la princesa, y ambas, madre e hija, no ahorraban en penas para complacerla. Ellas hicieron todo en su poder para darle cariños y diversión, y pronto ella las necesitó a una o a otra a su lado.

Ahora bien, eso era justo lo que la condesa quería y por lo que había estado trabajando; así que cuando vio que ella tenía asuntos a ese punto, ella hacía que su hija le contase a la princesa, entre lágrimas, que ellas tenían que separarse porque tanto ella como su madre debían irse lejos, a otro reino. Entonces la pequeña princesa corrió a la condesa y le dijo que ella no debía marcharse con su hija, pues ella no podría vivir sin ella y podría afligirse hasta la muerte si le faltase. Así la condesa fingió conmoverse y le dijo a la princesa que había una única manera de que pudiese persuadirlas para quedarse con ella, y pintaron con colores brillantes las alegrías que podrían tener si eso sucediese.

Primera edición de 1907.
Después la princesa fue a su padre, el rey, y le pidió e imploró que se casase con la condesa, pues de otra manera se tendrían que ir muy lejos y su pobre y pequeña hija perdería la única amiga que tenía, y se afligiría hasta la muerte.

—Te arrepentirías, ciertamente, si lo hiciera —dijo el rey—, y tal vez yo también, pues no tengo otro deseo que casarme, pero no tengo confianza en la engañosa condesa y su engañosa hija.

Pero la princesa no cesó de llorar e implorarle hasta que él prometió que le concedería ese deseo. Así el rey le pidió a la condesa que se casase con él y ella consintió al instante. Poco después de la ceremonia de la boda tuvo lugar la ceremonia de coronación de la condesa, que fue reina, y ahora madrastra de la joven princesa.

Pero poco después del matrimonio todo cambió. La reina no hacía nada salvo molestar y atormentar a su hijastra, mientras que nada era demasiado bueno para su propia niña. Su hija no le prestó ninguna atención a la pobre princesa, pero hizo todo lo posible para hacer su vida miserable.

El rey, quien pudo ver todo esto, se lo tomó muy a pecho, pues amaba profundamente a su hija; así que le dijo en una ocasión:

—Ay, mi pobre y pequeña hija, estás teniendo una vida triste y debes ciertamente arrepentirte muchas veces del momento en el que me lo pediste, pues todo ha ido tal y como lo predije. Pero ahora, desafortunadamente, es muy tarde. Pienso que sería mejor para ti que nos dejases por un tiempo y te fueras a mi palacio de verano en la isla; allí tu podrías, al fin, tener paz y quietud. 

La princesa estuvo de acuerdo con su padre, y aunque fue muy duro para ellos separarse, era lo absolutamente necesario, ya que ella no podía soportar su malvada madrastra y su maliciosa hermanastra. Así que se llevó con ella dos de sus damas de compañía para vivir en el palacio de verano en la isla, y su padre fue a visitarla de tanto en cuando; y podía ver plenamente que ella era mucho más feliz que si se hubiese quedado en casa con su malvada madrastra.

Así que ella creció hasta ser una adorable muchacha, pura, inocente y sensata, y tierna tanto como hombres como con animales. Pero nunca fue realmente feliz, y siempre quedó un un rastro de tristeza en su naturaleza, y el anhelo por algo mejor de lo que hasta ahora había encontrado en el mundo.

Un día el padre fue a despedirse de ella, pues tenía que hacer un largo viaje y presentarse en una reunión con reyes y nobles y de muchas tierras, y no volvería en un largo tiempo. El rey quiso animar a su hija, por lo que le dijo en broma que miraría cuidadosamente entre los príncipes para ver si no podía encontrar uno entre ellos que fuese lo suficientemente bueno para ser su marido. Luego la princesa le contestó:

—Gracias, padre; si ves al Caballero Verde, salúdale y y dile que he esperado mucho por él, pues solo él, ningún otro, podrá liberarme de mi sufrimiento.

Cuando la princesa dijo eso, ella pensaba en en cementerio de hierba verde con sus múltiples montículos, pues lo que anhelaba en realidad era la muerte. Pero el rey no lo entendió y se preguntó por el extraño saludo que debía darle a un extraño caballero cuyo nombre nunca había oído antes; pero estaba acostumbrado a concederle cualquier deseo, por lo que solo dijo que no olvidaría saludar al caballero tan pronto como lo encontrase. Luego se despidió de su hija y comenzó su viaje para conocer otros reyes.

Allí él encontró muchos príncipes, jóvenes nobles y caballeros, pero entre ellos no había ninguno llamado el Caballero Verde, así que el rey no pudo darle el mensaje de su hija. Al final él inició su viaje a casa, en el que tenía que cruzar unas altas montañas y unos anchos ríos para introducirse en un denso bosque. Y como el rey un día pasaba a través de uno con unos grandes árboles en su séquito, ellos se encontraron con un gran espacio abierto donde pastaban mil jabalíes. No eran salvajes, pues estaban domados, y eran vigilados por un porquero vestido de cazador que se sentaba, rodeado por sus perros, en una pequeña loma y tenía flauta a cuyas notas todos los animales atendían y eran obedientes.

El rey se preguntó por esa manada de jabalíes domesticados, y le dijo a uno de sus criados que le preguntase al pastor su procedencia. Él respondió que pertenecían al Caballero Verde. Luego el rey recordó lo que su hija le había pedido y él mismo le pidió al hombre que le dijera si el Caballero Verde vivía por allí cerca.

—No —contestó—, él vive muy lejos de aquí, lejos en el este. Si quieres llegar hasta allí deberás encontrar a otros pastores que te mostrarán el camino al castillo.

Luego el rey y sus hombres cabalgaron hacia el este durante tres días a través de un gran bosque, hasta que llegaron a una gran explanada rodeada de grandes árboles donde había una inmensa manada de alces y bueyes salvajes pastando. También estaban vigilados por un pastor vestido con ropas de cazador, acompañado de sus perros. Y el rey le preguntó al hombre, que le dijo que aquel ganado pertenecía al Caballero Verde, que vivía lejos al este de allí. Y después de tres días el rey llegó a otra gran explanada donde vio una gran mandada de ciervos, y el pastor, respondiendo a su pregunta, le dijo que el castillo del Caballero Verde estaba aún a un día de distancia. A continuación el rey cabalgó durante un día entre pastos verdes y caminos entre los verdes árboles, hasta que llegó a un gran castillo, también de color verde, pues estaba completamente cubierto por parras y plantas trepadoras. Cuando llegó hasta él, un gran número de hombres vestidos con ropas verdes de cazador aparecieron y le escoltaron dentro, y anunciaron que un rey había llegado y deseaba saludar a su señor. Luego el señor del castillo llegó, un hombre joven, apuesto y alto, también vestido de verde, y les dio la bienvenida a sus invitados, y los saludó de una manera señorial.

Luego dijo el rey:

—Tu vives muy lejos y tienes un gran dominio al que he tenido que recorrer para cumplir el deseo de  mi hija. Cuando me disponía a viajar para encontrarme con otros reyes, ella me pidió que le saludase al Caballero Verde y le dijese cómo lo espera, y también que él sería lo único que la salvaría de su tormento. Es una petición muy extraña la que he venido a hacer, pero mi hija sabe lo que es correcto y adecuado, y más que eso, le prometí a su madre en su lecho de muerte que nunca rechazaría cumplir un solo deseo de nuestra hija; así que he venido a traerle el mensaje y así mantener mi promesa.

Luego el Caballero Verde le dijo al rey:

—Tu hija estaba triste, y ciertamente no pensaba en mí cuando te dio su mensaje, pues ella no ha podido oír hablar de mí; seguramente pensaba en el cementerio con sus verdes montículos, donde sólo espera encontrar descanso. Pero quizás pueda darle algo para aliviar su pena. Llévale este pequeño libro, y dile a la princesa cuando esté triste y con el corazón pesado que lo abra y mire por una ventana que de al este, y lea en el libro; eso alegrará su corazón.

Luego el caballero le dio al rey un pequeño libro verde, pero él no pudo leerlo, ya que no conocía las letras en las que estaban escritas esas palabras. Lo cogió de todas formas y, agradeciéndole al Caballero Verde su amabilidad y hospitalidad, le dijo que sentía haberle molestado cuando la princesa no se había referido a él.

Tuvieron que pasar la noche en el castillo, y el caballero insistió en mantenerlos durante más tiempo, pero el rey insistió en que debían irse al día siguiente; así que a la mañana siguiente se despidieron de su anfitrión y caballaron de vuelta a casa.

La primera cosa que hizo el rey fue ir a la isla y darle el pequeño libro verde a su hija. Ella se sorprendió cuando su padre le habló del Caballero Verde, y le dio las gracias por el libro, pues no había pensado en ningún momento en un ser humano, y no tenía ni idea de que existiese un Caballero Verde. Así, cada tarde, cuando su padre se iba, la princesa abría la ventana que daba al este y comenzaba a leer el libro verde, aunque no estaba escrito en su lengua materna. El libro contenía poemas, y el lenguaje era hermoso. Uno de las primeras cosas que comenzó a leer decía así:

El viento se alza sobre el mar,
y sopla sobre el campos y pastos,
y mientras sobre la tierra se asienta la noche silenciosa,
¿quién, al caballero, le dará su palabra de casamiento?

Mientras ella leía el primer verso oyó el susurrar del viento sobre el agua; en el segundo ella lo escuchó a través de los árboles; en el tercero sus damas de compañía y todos los cercanos al palacio cayeron en un profundo sueño. Y cuando la princesa leyó la cuarta línea, el Caballero Verde en persona voló a través de la ventana en forma de pájaro.

Cuando volvió a su forma humana la saludó con amabilidad, y ella dejó de tener miedo. El caballero le dijo que él era el Caballero Verde al que visitó el rey, y que de él ha recibido el libro, y ella lo había traído allí leyendo esas líneas. Ella le pudo hablar con libertado, y le confesó su tristeza. Luego la princesa sintió una gran confidencialidad con él, así que le confesó sus pensamientos más profundos; y el caballero le habló con tanta simpatía y comprensión que ella se sintió feliz, como nunca antes.

Luego él le dijo que cada vez que abriese ese libro y leyese esos primeros versos, ocurriría lo mismo que había ocurrido aquella tarde; todos los de la isla se dormirían salvo la princesa, y él podría acudir inmediatamente, aunque viviese tan lejos de ella. Y el caballero también le dijo que siempre estaría encantado de acudir si ella realmente quería verle. Ahora, sin embargo, sería mejor que ella cerrase el libro y descansase. 

Svendt Grundtvig: Danish Fairy Tales,
illustraciones de Drew van Heusen (1972).
Y cada vez que ella cerraba el libro, el Caballero Verde desaparecía, y las damas de compañía y todos los criados despertaban. Luego la princesa se iba a la cama y soñaba con el caballero y con todo lo que él le contaba. Cuando despertaba a la mañana siguiente era más feliz, como nunca lo había sido antes, y día a día su salud mejoraba. Sus mejillas volvían a enrojecerse, volvía a reír y a bromear, así que todos se sorprendieron del cambio que había tenido lugar en ella.

El rey dijo que el viento de la tarde y el pequeño libro verde le ayudaban realmente, y la princesa estuvo de acuerdo con él. Pero lo que nadie sabía es que cada noche, cuando la princesa leía el libro, ella recibía la visita del Caballero Verde, y que pasaban largo tiempo hablando juntos. A la tercera visita él le regaló un anillo de oro, y se prometieron. Pero no fue hasta tres meses después cuando él pudo ir a su padre y pedirle la mano de ella en matrimonio; para así poder llevársela a casa como su amada esposa. 

Mientras tanto su madrastra había aprendido que la princesa había crecido fuerte y más hermosa, y que era mucho más feliz que antes. La reina se pregunto sobre esto y se molestó, pues ella siempre había tenido la esperanza y el convencimiento de que la princesa se perdería un día y moriría, y que entonces su hija sería la única que podría heredar el trono.

Así que un día envió a una de sus damas de corte a la isla a visitar a la princesa y a intentar descubrir cuál era la causa de su increíble mejora. Al día siguiente la joven mujer volvió y le contó a la reina que parecía que la causa era que la princesa se sentaba a la ventana cada tarde a leer un libro que un extraño príncipe le había dado. A la tarde el aire la mecía y la sumergía en un profundo sueño; la misa cosa, dijo, le sucedía a toda la corte, y las damas de compañía se habían quejado de que estaban enfermas, mientras la princesa crecía en felicidad y belleza cada día. Al día siguiente la reina mandó a su hija a espiar, y le dijo que prestase mucha atención a lo que la princesa hacía.

—Hay algo misterioso sobre la ventana; tal vez un hombre entra por ella.

La hija volvió al día siguiente pero no pudo decir nada más que la doncella, pues ella, también, se había quedado dormida mientras la princesa se sentaba junto a la ventana y comenzaba a leer.

Así que al tercer día la madrastra fue ella misma a llamar a la princesa. Fue dulce y buena con ella, y fingió estar contenta con cómo se veía ahora. La reina le preguntó cómo lo había hecho, pero no pudo aprender nada de ella. Luego la reina se fue a la ventana que daba al este, donde la princesa tenía el hábito de sentarse a leer cada tarde, y la examinó detenidamente, pero no pudo descubrir nada. La ventana estaba muy alta sobre el suelo, aunque trepaban unas parras hacia ella, lo que podía hacer posible que una persona activa trepase. Por esta razón la reina cogió un par de tijeras, untadas en veneno, y las encajó en la ventana con las puntas torcidas hacia arriba, pero de tal manera que no se pudiesen ver. Cuando llegó la tarde la princesa se sentó junto a la ventana con el pequeño libro verde en la mano, la reina se dijo a sí misma que sería mejor cuidarse de no dormirse como lo habían hecho los demás. Pero vio que no le ayudaría al final, pues, en lugar de ella, cuando la princesa se quedó dormida, los párpados se cayeron y se durmió como lo habían hecho los otros. Y en el momento en el que el Caballero Verde, en forma de pájaro, llegó y pasó por la ventana, no vio ni oyó nada salvo a la princesa. Hablaron del amor que se tenían el uno al otro y de cómo quedaba tan solo una semana de esos tres meses, y que luego le pediría a su padre su mano en matrimonio. Luego la llevaría a casa, y siempre estarían juntos en el castillo verde, que se alzaba en mitad de un gigantesco bosque, del que le había hablado a menudo.

Después el Caballero Verde se despidió de su prometida, volvió a la forma de pájaro, y voló fuera de la ventana. Pero lo hizo tan bajo que se rozó con las tijeras que había dejado la reina y se hirió una pierna. Lanzó un grito, pero desapareció rápidamente. La princesa, que le había oído, se levantó; pero al hacerlo el libro cayó de su mano, cerrándose, y así el grito despertó a la reina y a las damas de compañía. Corrieron a ver qué había pasado. Ella contestó que nada, que se había quedado entre el sueño y la vigilia y un mal sueño la había despertado. Pero como se encontraba mal por una repentina fiebre se fue a la cama al instante. La reina, mientras tanto, se acercó a la ventana y cogió las tijeras, encontrándolas con sangre, y las escondió entre sus faldas para llevarlas a casa.

La princesa, aun así, no pudo dormir en toda la noche, y se encontró mal al día siguiente; sin embargo, hacia la tarde, se levantó para sentir algo de aire fresco. Así que se sentó junto a la ventana abierta hacia el este, abrió el libro y leyó como solía:

El viento se alza sobre el mar,
y sopla sobre el campos y pastos,
y mientras sobre la tierra se asienta la noche silenciosa,
¿quién, al caballero, le dará su palabra de casamiento?

Y el viento susurró entre los árboles, y cómo crujían las hojas y todos se quedaban dormidos salvo la princesa; pero el caballero no vino. Y así pasaron los días y ella esperaba y miraba, y leía en aquel pequeño libro y cantaba, pero el Caballero Verde seguía sin venir. Así que sus mejillas se volvieron pálidas y la felicidad de su corazón se tornó en tristeza; y ella empezó a consumirse, para dolor de su padre y secreto regocijo de su madrastra.

Un día la princesa caminó débilmente sola a través del castillo y los jardines de la isla, y se sentó en un banco bajo un árbol, y allí se quedó largo tiempo sumergida en sus tristes pensamientos; mientras tanto dos cuervos acudieron a su lado y se sentaron sobre ella sobre una rama, y empezaron a hablar:

Ilustración de The Olive Fairy Book (1907), de Andrew Lang,
The Green Knight, por Henry J. Ford.
—Es lamentable —dijo uno—, ver a nuestra querida princesa afligirse hasta la muerte por su amado.

—Sí —dijo el otro—, especialmente si es la única que puede curarle a él de su herida infectada por el veneno de las tijeras de la reina.

—¿Cómo, entonces? —preguntó el primer cuervo.

—Lo semejante cura lo semejante —explicó el otro—. Allí arriba, en el patio del rey, al oeste de los establos, hay tendidas en un agujero bajo una roca una víbora con sus nueve crías. Si la princesa pudiese cogerlas y cocinarlas, y dárselas de tres en tres cada día al caballero enfermo, él se recuperaría. De otro modo no habría forma de salvarle.

Tan pronto como llegó la noche la princesa escapó del castillo, fue a la playa donde encontró un bote, y remó hasta el palacio. Fue directamente a la piedra en el patio y la apartó, tan grande como era, y allí encontró nueve pequeñas víboras. Las colocó en su delantal y fue en la dirección en la que sabía que había ido su padre para volver de la reunión de los reyes.

Así que viajó a pie durante semanas y meses, a través de las altas montañas y de bosques densísimos, hasta que llegó al mismo porquero que había conocido su padre. Él le señaló el camino a través de los árboles en dirección al segundo pastor, que volvió a enseñarle el camino hacia el tercer hombre. Al final alcanzó el gran castillo verde donde vivía el caballero, que yacía enfermo por el veneno y la fiebre, tan enfermo que no reconocía a nadie y yacía entre angustias y dolor. Los médicos a los que habían acudido, llegados desde el final de la tierra, no habían podido curar su mal.

La princesa fue a las cocinas y preguntó por un empleo; ella lavaría los platos, o haría cualquier cosa que ellos quisiera, si solo la permitiesen estar ahí. El cocinero lo consideró, dado que ella era ordenada y complaciente con cualquier tipo de trabajo, y pronto encontró en ella un gran ayudante, y le permitió hacer muchas cosas.

Un día le dijo ella al cocinero:

—Hoy permíteme que le prepare una sopa a nuestro señor enfermo. Sé bien cómo cocinarla, pero necesito hacerlo sola y de forma que nadie mire dentro de la cacerola.

El cocinero asintió, y ella cocinó tres jóvenes víboras en la sopa, que llevaron al Caballero Verde. Y cuando se hubo comido la sopa, la fiebre bajó muchísimo y empezó a reconocer a quienes le hablaban, y a poder responderles; así que llamaron al cocinero para preguntar por la sopa tan buena que había preparado. El cocinero contestó que él la había hecho, ya que no dejaba que nadie más le preparase la comida a su señor. Así el Caballero Verde se lo agradeció y exigió más de esa sopa para la mañana siguiente.

El cocinero volvió a la princesa y le suplicó que preparase más sopa para el caballero; y como antes, ella cocinó tres jóvenes víboras en ella. Esa vez, después de probar la sopa, el caballero se sintió tan bien que pudo levantarse de la cama. A esto, todos los doctores se sorprendieron, sin entender qué era lo que estaba pasando; pero, por supuesto, dijeron que fueron las medicinas que le habían dado la razón por la que se sentía tan bien.

Egeskov Slot, isla de Fionia, Dinamarca: un castillo en una isla.
Cerca de Odense, ciudad donde nació Hans Christian Andersen.
Al tercer día se volvió a preparar la sopa, y la joven cocinó las tres últimas víboras. Tan pronto como el caballero se la hubo tomado se sintió sano de nuevo. Así que saltó y bajó él mismo a la cocina a agradecérselo al cocinero, ya que después de todo, era mucho mejor que los médicos.

Sin embargo, cuando entró en la cocina, no encontró a nadie salvo a la joven que estaba fregando los platos; pero nada más verla la reconoció, y de repente se dio cuenta de todo lo que ella había hecho por él. La abrazó con fuerza y le dijo:

—Fuiste tú, quién si no, quien me ha salvado la vida y me ha curado del veneno que había en mi sangre, cuando me herí con las tijeras que la reina había puesto en la ventana.

Ella no pudo negarlo y se llenó de alegría, así como él. Pronto celebraron su boda en el castillo verde; y tal vez aún siguen viviendo allí, gobernando a todos los habitantes de los bosques verdes.

fin

Texto original en The Green Knight.